Educados en la tribu
Las deficiencias del modelo
educativo y los precios de las guarderías impulsan la crianza compartida entre
varias familias
TWITER
Barcelona 31 MAY
2016 - 23:48 CEST
Padres e hijos del grupo de crianza Babalia en el barrio de Poble Sec, en
Barcelona. JUAN BARBOSA
"Me pinto el pelo, mi madre
no me deja que me pinte el pelo", canta India, de cuatro años, desde un
escenario improvisado en una plaza del barrio barcelonés de Poble Sec. Está
rodeada de niños. Sus amigos y compañeros del grupo de crianza en el que se educa. "Babalia nace en 2011 como un
proyecto de crianza en el que varias familias, madres o padres nos juntamos
para compartir la cría de nuestros hijos", explica Julia Le-Senne, de 27
años, y madre de India. El modelo educativo, el tipo de acompañamiento (más
emocional y cercano) o la escasez de plazas en las guarderías públicas y los
precios de las privadas impulsan el interés por este método pedagógico. La
crianza compartida ha despertado especial interés después de que la
portavoz de la CUP, Anna Gabriel, declarara que apoyaba que los niños fueran educados
“por la tribu”. "Las familias
convencionales son muy pobres y enriquecen poco", añadió la política. Los
sectores más conservadores de la sociedad criticaron con dureza no sólo las
palabras sino el modelo de educación.
“Educar en grupo es
lo que siempre se ha hecho. Este modelo puede funcionar, pero aparecen dos
problemas. El primero si no se prepara bien a los niños para las etapas
educativas posteriores. El segundo, que estos proyectos funcionen como
guarderías encubiertas”, cuentan desde ACEIM
(Asociación de Centros de Educación Infantil de Madrid). En España, según la base
de datos de
educación alternativa Ludus, hay unos 130 grupos de Crianza. “Solo en Barcelona
—Cataluña es una región muy activa en este modelo — debe haber unos
30”, cuenta Le-Senne. "Es algo que en realidad se
lleva haciendo toda la vida", añade la madre de India.
Mientras India canta, su madre y su padre cocinan. Babalia ha organizado
una fideúa popular en el barrio. Si unos progenitores se encargan de la comida,
otros lo hacen del cuidado y supervisión. También se han organizado para elegir
a las educadoras de sus hijos y toman decisiones en común sobre la formación de
los niños. Se definen como un grupo de crianza compartida,
"Las familias no viven
juntas, pero establecen un vínculo más profundo, una
relación", cuenta Martine Mancini, de 31 años, educadora de India. Mancini
y otra compañera se encargan de los niños, de 9.00 a 16.00, en un local del
barrio, cedido por la asociación La Base, donde organizan diferentes
actividades. También salen: los niños de Babalia van un día a la semana a un
centro de día de personas mayores; "a jugar con los abuelos", dice
India. Los padres pagan 220 euros al mes (una guardería cuesta de media unos
400 euros), y cada día, una de las veinte familias del grupo cocina (comida
ecológica) para todos los niños. También se organizan para recoger
a los pequeños y salir con ellos. "Acordamos el modelo de educación, la
línea pedagógica, las veces que queremos que salgan... Además, es muy bonito
ver la confianza que tienen todas las criaturas en el grupo de padres",
comenta Le-Senne. Al principio, los padres se rotaban para que cada día, uno
estuviera con el grupo. Dejaron de hacerlo porque sus respectivos hijos se
ponían mimosos. "Babalia es un grupo de crianza porque hay un modelo
educativo común", añade la madre.
"Llevo máss de 30 años educando niños. Los menores en grupo y
con una estimulación adecuada, crecen mucho", cuenta Adela Coello,
vicepresidenta de ACEIM y directora, desde hace más de tres décadas, de la
escuela privada infantil Nanos en Madrid. Pero añade, que "habría que valorar su proceso de
formación y si el niño llega al colegio en el mismo punto que el resto".
"Eso no es que falle la tribu sino que la sociedad igual no está
preparada. En otras épocas ya ha habido intentos y algunos no han funcionado.
De base, no me parece una mala idea, pero habría que vigilar que estos grupos
cumplen los mismos requisitos que nos piden al resto de centros para que no
acaben convirtiéndose en guarderías encubiertas", incide la directora de
Nanos.
India ysus amigos y compañeros de Babalia en una fideúa popular que
organizan los padres del grupo de crianza. JUAN BARBOSA
"No entiendo por qué nos cerramos a
una posibilidad que simplemente es diferente", dice Carolina del Olmo,
filósofa, directora
cultural del Círculo de Bellas Artes, y autora del libro ¿Dónde está mi tribu? (Traficantes de Sueños. 2013). "La gente se escandaliza
cuando oye hablar de la tribu mientras
es evidente que hay un problema con la familia nuclear moderna", continúa
Del Olmo. Se refiere al hogar en el que conviven madre, padre e hijos.
Considera que las ideas y los valores asociados a la familia extendida, el
barrio o el pueblo (practicados por la generación de nuestros abuelos), se han
erosionado. "Recurrir a un colegio, con personas que ni eligen ni conocen,
o contar con una niñera para que cuide de los niños todo el día es algo que
actualmente los padres ven normal. Ellos sólo están con sus hijos dos horas al
día y aún así creen que es normal. Sin embargo, un grupo de crianza les parece
una locura", añade Del Olmo.
Le-Senne, de Babalia opina
que la sociedad actual trata a los hijos con cierto sentimiento de propiedad y
como consecuencia la responsabilidad de criar a los niños recae exclusivamente
en los padres. La tribu considera esa tarea como global: "los niños son el
futuro", dice Le-Senne. Una idea base es la denominada Educación Libre, un modelo pedagógico basado en el respeto, la confianza, el acompañamiento emocional y las consecuencias
lógicas –en sustitución del premio o del castigo externo-, que comparte
fundamentos con los métodos Montessori, originario de finales del siglo XIX, o
Waldorf. En Inglaterra, el interés por la escuelas Montessori ha crecido un 65%; el
príncipe Jorge acude a una de ellas. Mientras que en Estados Unidos en los últimos 15
años han abierto más de 300 escuelas públicas que aplican principios
Montessori, según una investigación de la Universidad de Yale. "Los niños
están en un lugar donde les acompañan con más amor y respetan sus procesos de
aprendizaje, sin presionarles", explica Pam, madre de otro de los pequeños
de la tribu del Poble Sec, que se mantendrá unida hasta que los niños cumplan
seis años. A esa edad, los chavales obligatoriamente tienen que estar
escolarizados. Pero ya empiezan a surgir lugares como la escuela El
Roure, en el Alto Penedés, que ofrece formación libre hasta los 16 años.
Kibutz israelíes
La inquietud por aportar otro tipo de educación asalta a muchos padres.
Marta Monaster, madre de dos hijos, forma parte de la Tribu de Arganzuela, un grupo
de padres conectados y que se apoyan en el barrio de Madrid que da nombre al
clan. "Tenemos una red de apoyo y una vida común. No hacemos crianza
compartida porque no estamos tan organizados. Para practicar esto no hay que
irse al campo a vivir", cuenta. El estereotipo que se ha creado con
respecto a estos grupos, que mucha gente ha querido asemejar a las comunas de
los kibutz israelíes (retirados de las urbes, cultivando y viviendo juntos y
cuyo modelo educativo no prosperó), no encaja en el modelo de crianza
compartida en una ciudad.
Algunos chavales siguen
tarareando, micro en mano, en la plaza del Poble Sec, India está pintando con
tizas en el suelo junto a un puestecillo lleno de ropitas y zapatitos, cedidos
por las familias y que se venden por uno o dos euros. "En lugar de comprar
todo nuevo, vamos reutilizando y con los fondos apoyamos a Babalia",
cuenta la madre de la pequeña. Y añade: "Hemos perdido parte de nuestro clan, por eso tenemos
que buscar la tribu".
LOS RIESGOS DE SER UN NIÑO REFUGIADO
El Foro Profesional para la Infancia
alerta de los trastornos que pueden sufrir estos menores
Sevilla 1 JUN
2016 - 14:51 CEST

Un niño
juega en un campo de refugiados en la frontera entre Grecia y
Macedonia. REUTERS
Que un
niño refugiado se vea privado de jugar a la pelota o al escondite no solo le
provocará tristeza e infelicidad, sino también que sufra un retraso en su
desarrollo psicomotor y un trastorno de socialización. Este simple ejemplo es
solo uno de los efectos que la
crisis de los refugiados puede provocar en las decenas de
miles de menores que están atrapados en las fronteras griegas y turcas. Así se
detalla en el informe realizado por el Foro Profesional para la Infancia de
Andalucía en el que alertan de las consecuencias directas de esta situación
para el bienestar de los más pequeños. "Estos niños se ven sometidos a
situaciones que van a provocarles, además de graves riesgos para su vida,
enfermedades y sufrimientos que generarán trastornos de su personalidad como
consecuencia de la violencia, el abandono de sus lugares de origen, el
alejamiento de sus padres, la explotación sexual o la malnutrición",
denuncia esta plataforma.
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La ciudad de París creará en breve un
gran campo de refugiados- Amnistía considera que los refugiados están en riesgo de indigencia
- No perdamos el rastro de más niños
- Suecia rebaja (temporalmente) su gran generosidad con los refugiados
Además
de la "alta probabilidad" de morir por el naufragio de las
embarcaciones en las que viajan, el trauma de separarse de sus padres afectará
a su desarrollo psicológico y orgánico. "La Interpol ha reconocido su
impotencia para aclarar la
desaparición de 10.000 menores, dispersos por toda Europa y
sin que se sepa cuál es su situación y en qué condiciones están", explica
Juan Gil Arrones, pediatra en el hospital sevillano de Valme y autor del
estudio. "Hay miles de niños circulando por Europa sin ningún
control", apunta.
En los
peores casos, estos pequeños pueden ser víctimas de explotación sexual o trata
de personas "como pago de la deuda contraída para escapar". "Pueden
haber sido captados por mafias de
venta de órganos", ha puesto como ejemplo Gil Arrones.
"Las víctimas de abusos sexuales llevarán un peso enorme
que les hará muy difícil realizar un proyecto de vida sano y feliz. Además de
depresión o ansiedad, sufrir una agresión sexual puede provocarles, a largo
plazo, trastornos en el desarrollo de su sexualidad, ser
más promiscuo o que se vean abocados a la prostitución", ha
enumerado el pediatra. A estas consecuencias, se suman otros problemas
psiquiátricos, la tendencia al consumo de drogas o al alcoholismo en los casos
de trata.
Según
recuerda este organismo, el 40% de las personas atrapadas en las rutas de huida
de las guerras que están arrasando a los países del sureste Mediterráneo es
menor de edad. "Pedimos la inmediata protección de las víctimas más
inocentes y vulnerables de todas las guerras, los niños y las niñas. A ellos,
les están negando los gobiernos europeos, con la complicidad de la mayoría de
sus ciudadanos, un refugio digno, un hogar y un proyecto de vida",
denuncia el foro, integrado por el Defensor del Menor de Andalucía, la
Fundación Gota de Leche y otros profesionales que trabajan por la infancia.
En su
análisis, la organización tampoco se olvida de las consecuencias que la
desnutrición y la mala higiene pueden
tener para los pequeños. "Serán niños con problemas de crecimiento,
también para su desarrollo cerebral y para su aprendizaje", señala el
profesional antes de señalar que estos chavales pueden ser víctimas de
xenofobia. "Todo ello, produce guetos donde germina la rebeldía y la
inadaptación social fruto de la humillación y el desarraigo", critica la
plataforma.
Tanto
el defensor del Menor, Jesús Maeztu, como el representante de la Fundación Gota
de Leche, Ignacio Gómez de Terreros, han pedido a los Gobiernos y una
mayor coordinación para atender las necesidades de estos pequeños. "Hay que
trabajar en la integración de estos menores, hay que sanarlos de la barbarie
que han vivido, y hay que hacerlo ya", ha defendido Maeztu, quien ha
propuesto la creación de una mesa de coordinación entre las diferentes
Administraciones y colectivos. “Los distintos dispositivos están
planteando acciones, pero hace falta un punto de encuentro que organice una
respuesta ágil en actuaciones y recursos disponibles, para que la integración
sea lo más rápida posible”, ha señalado.
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