EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Adoramos
el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios
hecho Hombre. Viernes 3 de junio de 2016
Por:
Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net
UNA DEVOCIÓN PERMANENTE Y ACTUAL
La
Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior
al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo,
dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo.
Hay
quien podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón es algo trasnochado,
propio de otras épocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el
Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prepósito General de la Compañía
de Jesús, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombière, el 5 de
octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta
devoción:
"Sé
con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y
con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos
tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a
todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta
devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro
tiempo".
Esta
exhortación a promover con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que
nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta, según el pensamiento
del Papa, en dos motivos, principalmente:
1) Los
elementos esenciales de esta devoción "pertenecen de manera permanente a
la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia",
pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual
brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia;
y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado
"el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del
Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente
expresivo".
2) Tal
como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos
amó "con corazón de hombre", lejos de empequeñecer al hombre, difunde
luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar
el corazón del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de
Cristo, "el corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y
de su destino".
Se
trata, por consiguiente, de una devoción a la vez permanente y actual.
Esta
exhortación de Juan Pablo II enlaza con la enseñanza de sus predecesores. Como
es sabido, existe un rico magisterio pontificio dedicado a explicar los
fundamentos y a promover la devoción al Corazón de Jesús: desde las encíclica
“Annum Sacrum” y "Tametsi futura", de León XIII; pasando por
"Quas primas" y "Miserentissimus Redemptor", de Pío XI;
hasta "Summi Pontificatus" y "Haurietis aquas", del Papa
Pío XII. Igualmente, Pablo VI dirigió en 1965 una Carta Apostólica a los
Obispos del orbe católico, "Investigabiles divitias". En ella animaba
a:
"actuar
de forma que el culto al Sagrado Corazón, que - lo decimos con dolor - se ha
debilitado en algunos, florezca cada día más y sea considerado y reconocido por
todos como una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en
nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene
insistentemente pidiendo..."
Al
honrar el corazón de Jesús, la Iglesia venera y adora, en palabras de Pío XII,
"el símbolo y casi la expresión de la caridad divina" . Poco después
del Gran Jubileo de los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, meditar sobre
la devoción al Corazón de Jesús es un medio propicio para secundar la
iniciativa del Papa que nos invitaba a contemplar el acontecimiento de la
Encarnación del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano.
El
fundamento del culto al Corazón de Jesús: la Encarnación
El
fundamento del culto al Corazón de Jesús lo encontramos precisamente en el
misterio de la Encarnación del Verbo, quien, siendo "consustancial al
Padre", "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del
cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo
hombre".
Adoramos
el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios
hecho hombre, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de
ser Dios, asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. El
Corazón de Jesús es un corazón humano que simboliza el amor divino. La
humanidad santísima de Nuestro Redentor, unida hipostáticamente a la Persona
del Verbo, se convierte así para nosotros en manifestación del amor de Dios.
Sólo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnación:
"tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que el que
crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). Es el
misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que "a
pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por
uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta
someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz" (Flp 2, 6 ss).
El
Corazón de Cristo transparenta el amor del Padre
En la
vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: "Quien me ve a mí,
ve al Padre" (Jn 14, 9): "Él, con su presencia y manifestación, con
sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa
resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la
revelación y la confirma con testimonio divino..." (“Dei Verbum”, 4).
Toda
su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comunión de
Amor, Trinidad de Personas unidas por el recíproco amor, que nos invita a
entrar en la intimidad de su vida.
La
ternura de Jesús
El
Evangelio deja constancia de la ternura de Jesús. Él es "manso y humilde
de corazón". Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a
sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que
padecen necesidad, pues "no tienen necesidad de médico los sanos, sino los
enfermos".
La
parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la
misericordia de Dios. El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los
pecadores, da testimonio del Padre, que es "rico en misericordia" y
está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable.
"Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su
Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez
tan sencilla y tan bella" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).
La
parábola del hijo pródigo es, a la vez, una profunda enseñanza acerca de la
condición humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de
optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre,
donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extraños. El mal seduce
prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue así un camino que
lleva a la esclavitud y a la humillación.
Nuestra
época constituye un testimonio claro de este engaño. Vivimos en una cultura que
margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere
rendir culto a los ídolos falsos del poder, del placer egoísta, del dinero
fácil.
Es
importante - lo recordaba el Papa - ayudar a descubrir en la propia alma la
"nostalgia de Dios". En el fondo de todo hombre resuena una llamada
del Amor; una llamada que no debe ser desoída. Quizá el ruido externo no
permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la
dimensión espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y
llamado a la comunión de vida con Él.
Nuestras
iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para
escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. Al entrar en una iglesia, el
hombre de nuestro tiempo debe tener aún la posibilidad de preguntarse sobre el
motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser
para todos un indicador que apunta hacia Dios, una señal de que por encima de
todo está Él.
El
misterio de la Cruz
"Con
amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha
atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros" (Antífona 1 de las
I Vísperas del Sagrado Corazón).
La
Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al
Padre en favor nuestro. El Señor nos "amó hasta el extremo"(Jn 13,1),
ya que "nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus
amigos" (Jn 15, 13).
Su
Corazón es un corazón traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra
salvación. Un corazón que nos ama personalmente a cada uno. Toda la humanidad
está incluida en ese corazón infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse
solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.
No hay
fronteras ni límites que contengan el alcance de la redención: Él se ha puesto
en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad,
para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios. Él es el Cordero
Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.
En el
sufrimiento y en la muerte, "su humanidad se convierte en el instrumento
libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. De
hecho, Él ha aceptado libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a
los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la
doy voluntariamente´ (Jn 10, 18)" (Catecismo de la Iglesia Católica, 609)
.
En la
Cruz se expresa la "riqueza insondable que es Cristo". En la Cruz se
comprende "lo que trasciende toda filosofía": el amor cristiano, un
amor que, muriendo, da la vida.
Una
inagotable abundancia de gracia
En la
oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso
que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda
recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito "una inagotable
abundancia de gracia". Del Corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz
brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos
de la Iglesia.
La
Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo
de Dios. A imagen de su Señor, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la
muerte, sirviendo a los hombres para que puedan "acercarse al corazón
abierto del Salvador" y "beber con gozo de la fuente de la
salvación".
El
motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expresó bellamente
Teresa de Lisieux en sus “Manuscritos autobiográficos”:
"Comprendí
que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que
sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado
este Amor, los Apóstoles ya no habrían anunciado el Evangelio, los Mártires ya
no habrían vertido su sangre... Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las
vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos
los lugares... en una palabra, que el Amor es eterno" (“Manuscritos
autobiográficos”, B 3v).
Los
sacramentos
Los sacramentos
que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos
llega la vida nueva de la redención.
El
agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios
infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por
la fe, amarle por la caridad, tender hacia Él como meta de nuestra existencia
por la esperanza.
Dios
es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las
cosas y de amar a los hermanos por amor a Él. Si somos dóciles y no
obstaculizamos la acción del Espíritu Santo, la caridad irá poco a poco
informando nuestra vida, animándola con un principio nuevo que unificará
nuestra acción, a fin de que nuestro corazón se vaya asimilando progresivamente
al de Cristo.
De
este modo será un corazón engrandecido en el que todos tendrán cabida, pues nos
dolerán las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de
Dios.
La
Eucaristía nos alimenta con el pan de la inmortalidad. Dentro de poco celebraremos
la Solemnidad del Corpus Christi. En este "sacramento admirable" el
Señor quiso dejarnos el "memorial de su Pasión". La Eucaristía es una
muestra excelsa de los "beneficios del amor de Dios para con
nosotros". El Señor quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse
con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para
hacernos partícipes de su Pascua.
La
Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando
Él nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don
del Corazón de Jesús.
El
envío del Espíritu Santo
Acerquémonos
al Corazón de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un
homenaje - callado y humilde - de amor y de cumplida reparación. "Quiero
gastarme sólo por tu Amor", escribía Santa Teresita del Niño Jesús.
También
nosotros le pedimos al Señor la gracia de corresponder - en la medida de
nuestras pobres fuerzas - a su infinita compasión para con el mundo. Señor,
¡qué nos gastemos sólo por tu Amor". Qué prendamos en las almas el fuego
de tu Amor.
La
primera señal del amor del Salvador es la misión del Espíritu Santo a los discípulos,
después de la Ascensión del Señor al cielo, recuerda Pío XII (“Haurietis
aquas”, 23). El Espíritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre
ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma
de los discípulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusión de la
caridad divina brota también del Corazón del Salvador, en el cual "están
encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3).
Al
Espíritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagación.
Este amor divino, don del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es el que dio a
los apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad y
testimoniarla con su sangre.
A este
amor divino, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se difunde por obra
del Espíritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo entonó aquel himno
que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo:
"¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?,
¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo?, ¿la persecución?, ¿la espada?... Mas
en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos amó.
Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo
presente ni lo futuro, ni poderíos, ni altura, ni profundidad, ni criatura
alguna será capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo
nuestro Señor" (Rm 8, 35.37-39).
El
Espíritu Santo nos ayudará a conocer íntimamente al Señor y a descubrir, junto
al Corazón de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el
valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con
el amor al prójimo. "Así - como pedía el Papa Juan Pablo II - sobre las
ruinas acumuladas del odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada
civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo" (Carta al P.
Kolvenbach).
Comentarios
al autor en (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .
En la
Cruz se expresa la Una inagotable abundancia de gracia
En la
oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso
que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda
recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito "Los sacramentos
Los
sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los
cuales nos llega la vida nueva de la redención.
El
agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios
infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por
la fe, amarle por la caridad, tender hacia la esperanza.

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